LA HEPATITIS

LA HEPATITIS

LA HEPATITIS

“Ninguna buena acción queda sin castigo y ningún placer queda sin consecuencias...” Un “recuerdo inolvidable”, como de una serie cada vez más larga, que la naturaleza inventa como una recompensa por nuestros breves momentos de éxtasis erótico es también la hepatitis.

La enfermedad se manifiesta por la inflamación (aguda o crónica) del hígado, órgano único en el cuerpo humano. Es el único que se regenera y puede recuperarse en su totalidad (si le damos el “espacio” necesario). Por lo tanto, tiene la capacidad de reemplazar las células enfermas y con otras nuevas.

Las complicaciones a largo plazo de la enfermedad hepática se producen o bien cuando la regeneración es incompleta, o bien cuando se impide por la aparición de tejido cicatricial. Esta situación se produce cuando los agentes agresivos (como los virus, los medicamentos, las bebidas alcohólicas, los cigarrillos, las drogas, etc.), siguen perturbando su actividad normal, impidiendo o haciendo más difícil su proceso de regeneración.

Una vez que el tejido cicatricial aparece, la reversibilidad de ese proceso (la regeneración) es muy difícil.

La medicina ha homologado varios tipos de virus de la hepatitis, señalándolos con mayúsculas que pertenecen al alfabeto latino (los más conocidos y comunes son los de la A a la E). Algunos son transmitidos por vía fecal-oral (los virus de la hepatitis A y E), mientras que otros se transmiten por la infección de la sangre humana u otros líquidos corporales (los virus B, C y D).

LA HEPATITIS A. La hepatitis A es una infección viral contagiosa, comúnmente conocida como la “enfermedad de las manos sucias” o “la hepatitis epidémica” (ya que surge en brotes epidémicos o epidemias, especialmente en niños), causada por el virus patógeno de la Hepatitis A, que es un virus de tipo ARN (ARN=ácido ribonucleico).

La transmisión es principalmente gastrointestinal, fecal-oral.

Las formas más comunes de transmisión de la hepatitis A son:
a)-la ingestión de alimentos o agua que hayan estado en contacto con heces infectadas;
b)-la higiene deficiente;
c)-utilización de cubiertos o vasos usados ​​previamente por una persona infectada;
d)-relaciones sexuales sin protección (de cualquier forma, incluso el sexo oral o anal);

Hay varios grupos que presentan un riesgo más alto de ponerse en contacto con la enfermedad:
-niños entrados en la comunidad (guarderías, colegios, etc.);
-adultos que viven en ambientes muy ocupados o con falta de higiene;
-visitantes de los países con alta prevalencia de este virus;
-personas muy activas sexualmente.

Además, hay circunstancias imprevistas, fuera del control de las personas afectadas, materializadas en la aparición de desastres naturales (como tornados, inundaciones, terremotos, etc.), cuando el agua potable puede contaminarse fácilmente.

Afortunadamente, la infección de este tipo es más frecuente en la infancia, por lo que el 80-85% de las personas mayores de 30 años ya han desarrollado anticuerpos necesarios al rechazo de la enfermedad (inmunidad específica). En otras palabras, si usted comió de la bacinilla cuando era pequeño, no sólo va a tener suerte (eso dicen...), sino que también mostrará indiferencia a los “avances” de la hepatitis A.

La hepatitis A se desarrolla en varias etapas:
a)-malestar general, apatía, con sensaciones de fatiga y debilidad, aparentemente injustificado, acompañado de náuseas y vómitos (sin duda culpará a la falta de unas vacaciones);

b)-alta concentración de virus; ésta es la etapa más peligrosa (en términos de transmisión) hasta la instalación de la ictericia (coloración amarillenta de la piel y de las mucosas del paciente). El solárium o las playas tropicales no tienen ningún efecto de recuperación.

c)-el peligro de la propagación disminuye en intensidad, a excepción de los niños cuyo período de contagio se podría ampliar a diez semanas. Los síntomas se mantienen y el 70% de los pacientes se sentían mal durante un período de hasta 60 días; el resto de pacientes puede tener la desgracia de experimentar las manifestaciones clínicas específicas incluso durante seis meses.

El virus muere rápidamente a altas temperaturas, superiores a 85 grados Celsius; en el ambiente normal oponen resistencia durante un intervalo bastante largo (varios meses). Las personas que alguna vez fueron contaminadas y posteriormente curadas se vuelven inmunes debido a los anticuerpos que el cuerpo produce de forma natural.

Los más expuestos son los que practican el sexo sin protección, tanto el normal, como el oral o anal. Un episodio de sexo anal, seguido de uno oral, hace implícitamente la conexión entre la materia fecal (incluso si el área rectal se lavó extensamente) y la ingestión directa del virus de la hepatitis (que se encuentra principalmente en los excrementos). Bastante desagradable, ¿verdad?

Los grupos o las comunidades son más expuestos a la contaminación; como referencia en este sentido es el medio ambiente en el que se practica el sexo de forma rutinaria.

La hepatitis de tipo A no tiene remedio con medicamentos. Sólo se prescriben terapias de reposo en cama, dieta equilibrada y alto consumo de líquidos (por líquidos no hay que entender también alcohol, con respecto al cual se recomienda la abstinencia total).

El mejor método de defensa contra la hepatitis A es la vacunación. Más del 99% de las personas vacunadas producen inmunidad natural contra este virus y, por lo tanto, incluso si entran en contacto con él, no se verán afectadas.

LA HEPATITIS B. A nivel mundial, una de cada tres personas es víctima de la hepatitis B. Afortunadamente, la vacuna que puede prevenir la contaminación es disponible y conveniente para la mayoría de la gente.

Sin embargo, muchas personas terminan enfermarse y sufrir de una fase crónica de la enfermedad, debido al hecho de que su presencia sólo se puede descubrir a través de análisis de sangre (de laboratorio), que, en general, las personas hacen muy raramente.

La hepatitis B es una enfermedad infecciosa, su acción puede ser aguda (con una duración inferior a 6 meses) o crónica (más de 6 meses). En el caso de la forma aguda, en la mayoría de las personas (el 95%) el sistema inmunológico propio elimina el virus del cuerpo, con recuperación completa en unas pocas semanas.

Cuando el sistema de defensa del cuerpo no puede hacer frente al virus, la infección se instala para la vida (se convierte en crónica), con riesgo de desarrollar insuficiencia hepática (el hígado no funciona correctamente), cirrosis (sustitución del tejido normal del hígado por tejido fibroso, no funcional) o cáncer de hígado.

El virus se encuentra en la sangre u otros fluidos corporales, tales como el semen o las secreciones vaginales.

La transmisión de una persona a otra se puede realizar por vía percutánea (a través de transfusiones de sangre infectada, el uso de jeringas y agujas contaminadas, maniobras sangrientas en el dentista, manicura, pedicura, piercings, tatuajes, etc.), por vía sexual (contacto íntimo sin protección con una persona portadora del virus) o perinatal (de la madre infectada al recién nacido).

A menudo, las personas contaminadas por el virus de la hepatitis B, de modo completamente justificado, siguen un tratamiento apropiado a la gripe común, ya que los síntomas son absolutamente similares. Desafortunadamente, el descubrimiento de la existencia de la verdadera enfermedad se produce solamente cuando aparece la ictericia, con sus signos distintivos: coloración amarillenta de la piel y los ojos. Entonces aparecen las náuseas, los vómitos, los dolores interminables de cabeza, una condición abrumadora de fatiga y la falta de apetito.

Consultar el médico especialista da lugar a una serie de investigaciones, que incluyen análisis de sangre, pruebas de ultrasonido y, si no son elocuentes, se tomarán muestras locales para biopsia (examen microscópico de una porción de tejido u órgano, a fin de identificar la enfermedad).

Si aparecen, los síntomas hacen sentir su presencia en un intervalo de 45 a 180 días después de la contaminación (cuando la enfermedad está en su fase aguda), cuando existe la oportunidad de intervenir terapéuticamente con bastante éxito. Pero si este período pasa, se produce la fase crónica y el riesgo del final trágico (la muerte) debido a complicaciones extremas es bastante alto.

Cualquier persona puede adquirir el virus, pero los más vulnerables son los que muestran indiferencia en relación con su propia salud. Aquellos que usan drogas (usando las mismas agujas con otras personas), los que practican el sexo al azar (con un sinnúmero de parejas y sin protección) y también el personal médico que trabaja en consultorios, clínicas u hospitales de especialidad y pasar por alto las normas o los protocolos específicos de protección sanitaria.

LA HEPATITIS C. La hepatitis C se debe a un virus que se transmite por la sangre, por las agujas utilizadas por más personas (en las transfusiones, la inyección de drogas o realización de tatuajes o piercings en entornos no autorizados).

También es una infección de transmisión sexual (cuando el sexo se practica sin protección).

El virus de tipo C es más activo que el virus de tipo B en la causación de las enfermedades crónicas. En los primeros seis meses de la infección se manifiesta la fase aguda y sólo el 30% de los pacientes tienen síntomas que (muy rara y difícilmente) pueden estar asociados con la enfermedad en cuestión. Al igual que en el caso de las otras formas de hepatitis, los signos de la enfermedad pueden confundirse fácilmente con los de una gripe común. Después de seis meses, comienza a instalarse la forma crónica, que tampoco se manifiesta de forma más “visible”.

El tratamiento tiende a tres variantes: la primera tiene como meta la curación, la segunda (si la primera no es posible) tratar de detener la evolución de la enfermedad al cáncer o la cirrosis y la tercera tiene como objetivo la vacunación, para evitar la contaminación tanto con la hepatitis A y B, como con un gran número de otros virus de la gripe, que, en combinación, dan lugar a un desenlace fatal.

En contra de la hepatitis C todavía no se ha creado una vacuna. Por lo tanto, para evitar la contaminación, se deben tomar serias medidas de precaución. El uso del CONDÓN (sin distinción del sexo practicado), es una de las decisiones más sabias en este sentido. Igual de sana es la aplicación de todas las normas de higiene corporal de manera rigurosa y permanente. Por último, pero no menos importante, una atención especial debería prestarse al utilizar los instrumentos médicos o cualquier artículo/ dispositivo invasivo.

La salud es demasiado preciosa para cualquiera de nosotros para no ser tratada con máxima seriedad.