Alcohol y violencia...

Alcohol y violencia...

Alcohol y violencia...

La profesión de escort es tan peligrosa como una la hace. Sin embargo... hay un montón de riesgos, sobre todo si se le trata con imprevisión y realmente no se sabe qué hacer en determinadas situaciones. Aunque, aún cuando se sabe, sigue habiendo riesgos.

Mi nombre es Tania, tengo 25 años y soy de Ucrania. Salí de allí cuando tenía 19 años. Simplemente me escapé. Al estar acostumbrada con la pobreza, con la agresión... conseguí arreglármelas bastante bien a lo largo del tiempo, ya que en los seis años desde que estoy activando en este trabajo, he ahorrado un poco de dinero y no he tenido ninguna mala o aterradora experiencia. Porque soy cuidadosa, porque puedo “oler” a los desgraciados desde lejos y hago todo lo posible para evitarlos.

He oído muchas historias de horror de mis amigos, pero siempre me dije que a mí no me podría pasar. Y estaba segura de eso.

Hasta ayer.

Mi mala experiencia pasó con un cliente en el que, para ser honesta, tenía gran confianza. Era un hombre que solicitaba mis servicios bastante a menudo, siempre me daba más dinero del que le estaba pidiendo y, en general, se mostraba muy atento conmigo. Lo conocía desde hacía unos 2 años. Pero, en este negocio, nunca se sabe lo que reserva la siguiente hora.

Ayer me llamó sobre las 22:00 horas y me dijo que realmente quería verme... en el hotel donde solíamos ir. Era en algún lugar en el centro. Cada vez cuando tenía ganas de verme, yo iba más temprano, alquilaba la habitación y, cuando llegaba él, venía directamente arriba. Al final del encuentro me dejaba también el dinero para la “acomodación”. Creo que no quería que le vieran.

Por teléfono, me dijo que estaba en una fiesta. Había bebido y quería, necesariamente, algo divertido. Probablemente no había encontrado a nadie allí. No parecía borracho, así que... le dije que sí.

Llegó al hotel, pero sólo después de aproximadamente 3 horas. Incluso había empezado a preocuparme por quién va a pagar habitación, ya que yo no llevaba suficiente dinero.

Estaba bastante borracho. Cuando le abrí la puerta de la habitación, casi se dejó caer en mis brazos. Odio estas situaciones y prefiero quedarme lejos de la gente borracha, pero esta vez... Lo arrastré con gran dificultad hasta la cama y le pregunté si quería café. Aceptó. Después de llamar a la recepción para pedir dos cafés, lo más fuertes posible, empezó a contarme que había visto a su esposa con otro hombre. Ella también había venido a la fiesta, pero probablemente invitada por ese individuo desconocido. Me dijo que los había observado bailando, besándose y, finalmente, yéndose juntos. Esa mañana, ella le había dicho que se iba para el fin de semana en otra ciudad, para atender a una conferencia. Habíamos hablado también en otras ocasiones acerca de su esposa... era médico.

No trajeron el café. Tiré la mesita de noche cerca de su cama y, después beber unos sorbos, me miró y pidió que me quitara la ropa.

Me llamó a sus brazos y comenzó a acariciarme, besarme... como de costumbre. Le ayudé a quitarse la ropa y miré mi bolso, para verificar si tenía condones.

Sólo tenía dos.

Le puse el primero, pero a pesar de que intentaba acercarme a él con bastante inesperada brutalidad, no lograba tener erección. Miraba nerviosamente a su “instrumento” y, al cabo de unos segundos, se sacó el condón irritado y lo arrojó hacia la ventana.

Me dijo que esa noche quería sentirme de verdad.

Parecía bastante decidido y, en ese momento, tuve por primera vez sensación de que las cosas no iban a funcionar como de costumbre. Le pedí que entendiera que, sin condón, no podíamos tener relaciones sexuales, pero él insistía e intentaba acercarme cada vez más fuerte, tratando de abrir mis piernas.

Fingí que entendía sus gestos como un juego y, con alguna dificultad, me solté de sus brazos. Salté de la cama para buscar en mi bolso el segundo condón, incluso esbozando algunos pasos de baile con el posterior, como si estuviera muy relajada y segura de mí misma. De costumbre, esto tenía el don de moderar un poco a aquellos que estaban tratando de forzar las cosas. Es como si les transmitieras que estás acostumbrada con este tipo de cosas y que no te dejas impresionar por sus actitudes de “macho”... que incluso te hacen reír.

De repente, sin embargo, sentí un gran calor en la cabeza, como si alguien hubiera tirado un vaso de agua caliente en mi cara. Después, la sensación de calor se convirtió en dolor horrible. Me di cuenta de que yo me había dado una bofetada... muy fuerte.

Me volví y le miré perplejamente. No podía creer lo que acababa de hacer. Ni siquiera sabía cómo reaccionar...

En el primer momento quise correr, pero parece que se dio cuenta de lo que me ocurría y me agarró de la mano, muy fuertemente. Me enganchó y empezó a decirme palabrotas. Tampoco me esperaba que hiciera esto... Era terriblemente nervioso. No creía que alguien podía llegar tan repentina e inesperadamente a un estado tan aterrador de nerviosidad.

Empezó a golpearme con los puños en todas partes del cuerpo. Tenía el pelo en los ojos. Sólo podía ver parte de lo que sucedía. Me tiraba de un lado a otro. Estaba ya mareada. Le oí gritando que tenía que hacerle sexo oral. Pensé que, a lo mejor, esto lo calmaría.

No sé cómo, pero, de repente, vi que tenía una gran erección. Se empujó rápida y salvajemente en mi boca, como si quisiera castigarme por algo que yo le había hecho muy mal. Estaba gritando para que no le mordiera. Apretaba sin piedad alguna mis pechos, mis nalgas, mis hombros... En un momento, puso su mano en mi cabeza y me empujó con toda fuerza hasta que mi nariz quedó aplastada por su vientre. Tenía la sensación de que me iba a ahogar con su pene. Ni siquiera podía tragar mi saliva, que se escurría por la comisura de mis labios.

Me agarró con ambas manos de la cabeza y me obligó a bajar, gritando que le lamiera el culo. Obedecí... de todos modos, no tenía otra posibilidad. Aunque creo que le gustaba, parecía igual de nervioso. De vez en cuando, me cogía la barbilla para elevarme la cabeza, me miraba a los ojos con satisfacción y me daba una bofetada en la cara, suficientemente fuerte. Pero ya me había acostumbrado con esto y no me parecía que algo tan doloroso.

Me agarró de nuevo del pelo... para volver al “oral”. Esta vez realmente sentí que me había penetrado con malicia hasta la mitad de la garganta. Sólo podía respirar por la nariz, pero al presionarme la cabeza hacia abajo, se me pegaba la nariz a su abdomen y casi me mareaba por falta de aire. Me presionaba allí abajo... y, en ese momento, sentía que iba a eyacular. Pero, por desgracia, no pasaba eso. Levantaba mi cabeza, me golpeaba y empezaba a empujarse de nuevo entre mis labios con violencia. Esto tardó bastante tiempo...

Me dolían las mejillas, la garganta y, con la lengua, trataba en vano de hacer espacio para recibir un poco de aire. Justo cuando casi sentía que me iba a desmayar, sentí mi boca llena y entonces me vi obligada a tragar, porque, de lo contrario, me había ahogado. Tenía ganas de toser, pero todavía sentía sus vibraciones de final, que parecían no terminar. Incluso tenía las narices llenas. Tuve que tragar todo. Cuando finalmente pude respirar, me dieron ganas de llorar...

Se relajó un poco y, en ese momento, pensé que realmente tenía que hacer algo... cualquier cosa... para poner fin a ese estado de demencia. Me sentía como si hubiera estado allí desde siempre y mi vida había comenzado hacía una hora. Pensaba que había gente normal por ahí, que podía estar viendo una película o dormir en ese momento y no tenía ni idea de lo que me estaba pasando a mí. Pero todo esto era tan lejos... casi en otro mundo.

Me libré de su enganche y salté de la cama. Quería moverme, sacudir mis manos, estar nerviosa... sacudirme como de una tela de araña. Le grité y empecé a buscar mi ropa para vestirme lo más rápido e irme. Pero no fue una buena decisión.

Mientras recogía mis cosas, estando convencida de que tenía unos pocos segundos durante los cuales él no iba reaccionar bastante rápido, lo vi por el rabillo del ojo como se preparaba levantarse y venir a mí... de ninguna manera, calmo. Del tono de su voz y de sus nuevas amenazas, aún con más malicia, sentí que la situación iba a degenerar en algo muy serio.

Buscaba... desesperada... cómo escapar. La puerta del baño estaba abierta. Tomé mi bolso y quise levantarme, pero me tropecé con los zapatos. Agarró mi pierna. No logró detenerme, porque, con todo el poder que tenía, lo empujé. Casi me arrastré y logré deslizarme más allá de la puerta. La cerré con el cerrojo y me recosté contra ella... Quería que todo acabara. Era como una pesadilla de la que no podía despertar. Sentía, en los hombros, como golpeaba la puerta del baño con sus piernas.

Tuve la idea de llamar a la Policía, pero hasta que hubiera llegado... Entonces me di cuenta de que había un teléfono fijo para llamar a Recepción, al lado del espejo. Extendí la mano hacia el receptor y llamé. Grité por ayuda y les pedí que vinieran, para salvarme...

La gente de allí llegó lo suficientemente rápido. Tocaron la puerta y, como nadie les abrió, utilizaron su llave. Entraron. Les oí preguntar por lo qué estaba pasando.

Sólo entonces sentí como si recuperaba un poco el control. Entreabrí la puerta y miré furtivamente adentro. El recepcionista había venido acompañado por algunas personas del departamento de seguridad. Al verlos, el cliente se tranquilizó. Y, el colmo... se tumbó en la cama y se quedó dormido.

De repente, no pensé en nada, me armé de coraje, tomé una respiración profunda y salí rápidamente sin decir nada. Recogí mi ropa del suelo, me vestí con un par de movimientos en frente de ellos, les di todo el dinero que tenía y corrí descalza, con los zapatos en la mano.

Sólo cuando llegué a casa, me miré en el espejo. Estaba hinchada y amoratada. En la cara, el cuerpo...

No tengo idea de cuánto estaré así, hasta que me cure y, sobre todo, hasta que tenga otra vez el valor de acercarme a un hombre.

Escribo estas líneas para decirles a todas las chicas que los hombres cuando beben... se vuelven en brutas.

(Tania)